¡Woha! más de dos meses sin escribir acá. Pero eso no es lo importante.

Aún recuerdo cuando recién llegué a trabajar por primera vez y me encontré con ese mundo maravilloso de la programación de aplicaciones que tuvieran un cliente verdadero, donde el código que escribías si iba a ser usado por otras personas. No he de negarlo, estaba extasiado de poder hacer cosas que se notaran y no se borraran cada 6 meses que formateaba mi computadora.


Fue un periodo de gracia enorme, no cabía en mi mismo. En la escuela nadie me podía decir nada; yo ya trabajaba haciendo lo que otros apenas estaban estudiando. La curva de aprendizaje fue como una montaña rusa para mi, diversión por aquí y por allá (eso sí, hubieron momentos en que ya me quería bajar pero no lo hice), hubieron grandes retos que pude sortear bastante bien y siento que no quedé a deber nada.

Entre tanto, supe combinar el trabajo y la escuela con el deseo de seguir aprendiendo. Así conocí nuevas tecnologías, metodologías, herramientas, etcétera, que venían acompañadas del deseo de ser incorporadas en los dos ámbitos de mi vida. En la escuela lo hice sin problemas, aunque nunca noté que lo valoraran los profesores (pero de nuevo, eso no importa). Sin embargo en el trabajo no se podía, el esquema era rígido y hasta cierto punto se entiende: hay una solución que funciona y produce, no hay que moverle. Pero desgasta querer hacer algo, proponer y siempre recibir un bien disfrazado no por respuesta.

Luego me fui, dejé un proyecto que tenía mucha ilusión de terminar pero diversas situaciones no lo permitieron, necesitaba un descanso y el “pretexto” fue la escuela. Durante ese tiempo me acerqué al Club de Algoritmia, me volví Microsoft Student Partner e hice uno que otro proyecto, todo con fines de aprendizaje. Fueron 7 meses que estuve alejado del trabajo, pero tuve que volver. Eso sí, regresé con las ganas por todo lo alto, y con la ingenuidad de mi yo del pasado. Volví ahí por dos razones principales:

  • Lo extrañaba
  • Quería hacer un cambio significativo

Pero llegué a encontrarme con lo mismo, muy poco había cambiado. Tocó ser paciente nuevamente, y al poco tiempo e nuevo la escuela me puso en espera (sí, te hablo a ti, trabajo terminal). En fin, en cuanto terminé* la escuela, me dispuse a brindarme de lleno al trabajo, a hacer ese cambio significativo que tanto deseaba. Después de la preparación que había tenido y la inversión que había hecho pensé que era el momento. Pero no. De nuevo recibí algo parecido a un “ahorita no joven”. Que desgaste, pero eso sí, lo aprendido nadie me lo quita.

En pocas palabras: sé que tengo mucho que ofrecer pero acá parece ser que no lo quieren. Tan parecido a mis años de joven enamorado. En fin.